Sin prisa, ni pausa, se acercaba el indómito caballero. No conocía nada de lo que le rodeaba, caminaba sin cesar por el estrecho callejón oscuro, un tanto tenebroso y complaciente – según él-, no le quedaba ni un centavo en los bolsillos, sólo un botón, un cigarrillo y una sutil carta que había recibido de su hija, la cual no sabía lo que contenía.
Caminó cuadras y cuadras, llegó hasta el bar de siempre, pidió una cerveza, luego otra y finalmente otra. En su estadía se encontró con los amigos de su enemigo, los saludó a todos, no tenía conocimiento de lo que hacía, pero para él, era algo significante.
Se paró de la silla, caminó hacia la salida, miró a su derecha, a su izquierda y no recordaba el camino a casa, decidió seguir sin prisa, ni pausa, ya no le atormentaba la sombría noche de ese 12 de enero; su mirada ya estaba cansada, al igual que su cuerpo, pero aún así, tenía que seguir su rumbo determinado. Vagó tres horas, hasta llegar por fin a su humilde morada, allí, sentada en el sofá estaba Laura, su mujer y la pequeña, las cuales acongojadas por el estado en que se encontraba el hombre. Laura, decidida a pedirle una explicación, no tuvo éxito alguno, él no la oyó, ni la miró, sólo abrazó a su hija, le dijo que la quería y raudamente se acostó en el lado de la ventana de la cama.
Al otro día, se levantó, se lavó y volvió a salir al campo en donde trabajaba arduamente para poder recibir unos pesos miserables, los cuales contribuían el sustento de los Pereira, cansado de la vida que llevaba, Manuel dejó la hichona, las espigas de trigo y el sofocante suelo de su patrón. Nuevamente tomó otro camino y anduvo sin parar, hasta llegar a los acogedores árboles que le brindaron paz, sombra y un rato de melancolía, ahí pensó en todo lo que le ocurre, y explotó en un llanto conmovedor, lo cual le hacia bien, para poder desahogarse, hallar las fuerzas necesarias y recuperar a su familia, que con sus actos, parecía perderla.
Recapacitó, se paró del vasto césped, terminó de sollozar y se empeñó en ir a buscar a su adorada familia; iba raudo y decidido en no dejarlos nunca más. Cuando estaba a punto de llegar, algo vio que le paralizó por completo el paso, era la policía, quienes buscaban a Manuel, para unos trámites, unas preguntas, pero no, era para encerrarlo y privarlo de su libertad, éste se preguntaba, qué es lo que pasaba, no lo recordaba y fue ahí cuando se lo explicaron, la noche anterior y la anterior había golpeado brutalmente de su mujer, rompiéndole dos dientes y cuantos hematomas que tenía en su cara y cuerpo, no contento con eso, su hija, tenía fracturado todo el lado derecho, partiendo desde la muñeca, las costillas y su pequeño empeine. Fue por eso, que Laura lo denunció pese al inmenso sufrimiento que sentía hacia su marido, pero fue realista y no quiso terminar como una más de las victimas que morían en manos de sus desquiciados maridos, que primero las golpean, le piden perdón, un nunca más y que finalmente silencian para siempre la vida de cientos de féminas.
Por otro lado, Manuel debió permanecer por cinco años dentro de los calabozos de la prisión, cuestionándose día a día su monstruoso desenlace, allí aprendió a valor más el cariño, el amor la comprensión y por sobre todo el respeto, que ante la ley y Dios, somos todos iguales, que no importa el color de piel, el rango económico, la creencia religiosa, el apellido, sino que lo que nos une como persona, que es el amor y la protección de nosotros mismos.
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